lunes, 12 de septiembre de 2011

El día que se paró el mundo



Tenía yo 12 años y me encontraba pasando una temporada con mis abuelos en la casa que alquilaban justo al lado de la playa, vamos que me pasé todo el verano en remojo ya que mi rutina consistía en dar una vuelta hasta la ciudad con mi abuela o mi abuelo por la mañana y estar en la playa desde después de comer hasta que estaba más arrugada que una pasa.

Pero ese día fue distinto. Recuerdo estar dibujando un cuento, uno de los pocos hobbies que tenía sin ser ir a la playa, acabábamos de comer y mi abuelo estaba tomando el café a mi lado. Justo cuando iba a empezar el telediario y solo quedaba una hora para que pudiese bajar a la playa, se dio la noticia de que una avioneta o un avión se había estrellado en una de las torres gemelas de Nueva York. Yo con 12 años ignoraba que existiesen tales torres y tampoco conocía el terrorismo islamista y mucho menos sabía lo que eran los talibanes. Todo me sonaba a chino y a lejano y mientras todas esas cosas pasaban por la cabez un segundo avión impactaba con la otra torre.

No tengo muchos recuerdos de ese verano cosas vagas, tardes en la playa o paseos a la ciudad, pero ese día quedó grabado en mi cabeza de 12 años que no entendía por qué el odio podía provocar que no importase nada, que no hubiese moral ni misericordia por toda esa gente que murió por una guerra que no tiene ningún sentido.

Ahora tengo 22 años, han pasado 10 desde entonces y me siguen impactando las imagenes de la gente arrojandose al vacío o las grabaciones de las llamadas de despedida de las victimas de aviones y edificios. Aún ahora que se mucho más que sabía entonces sigo sin comprender absolutamente de que sirvió la muerte de toda esa gente y el sufrimiento de miles de familias.

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